Martes, 06 de Enero, 2009









Enseñanzas

¿CÓMO SE LLAMABA EL SAMARITANO?

07.06.2008

La actitud correcta al servir

            Uno de los pasajes más curiosos, ingeniosos e instructivos para la vida es el que se encuentra en el evangelio de Lucas que se ha titulado El buen samaritano. El título ya nos invita a creer que, puesto que hay buenos samaritanos, también existen los malos en esta tierra de oportunidades.

            La historia es conocida por muchos. Es inicialmente dirigida a un intérprete de la ley que quiso justificar su actitud y postura. Algo muy parecido a lo que hacemos muchos hoy en día con nuestros compromisos y responsabilidades. Sobre todo, con aquellos que son impuestos por Dios y que debemos cumplir como un asunto de buena conciencia.

            Pues bien, en esta historia tres personajes pasan al lado de uno que había sido atacado, herido y robado. El primero fue un sacerdote, representante del andar religioso, litúrgico, legalista y sin compromiso con el prójimo. El segundo fue un levita, aquellos descendientes de Leví y que se encargaban del trabajo del Templo. Bueno, aquí tenemos a los que por su exclusividad laboral, no contemplaban ninguna otra responsabilidad moral o social. Finalmente Jesús menciona a los samaritanos. Eran los repudiados, los bastardos, los contaminados que no merecían ninguna consideración por parte de los judíos.

            A este último el Señor lo puso como ejemplo de consideración, humanismo, afecto, responsabilidad, compromiso y sensibilidad social. Lo que los demás repudiaban como inservible, Dios lo exaltaba, pues había algo mucho más allá, escondido en la profundidad del samaritano que le valía la aprobación divina.

            Este samaritano no escamoteó su responsabilidad. El relato nos dice que todos vieron al herido, es decir, todos fueron hechos responsables; pero sólo uno dio la respuesta correcta. Su ayuda fue desinteresada, afectiva, efectiva y completa. En otras palabras, no dejó de socorrerle hasta que el herido se recuperara. Muy importante es que incluso, no usó sus compromisos como excusa, sino que lo dejó bien cuidado y con el soporte económico necesario.

            Pero hay algo que me intriga, ¿cómo se llamaba el samaritano? ¿No tenía algún nombre? Creo que, aunque ciertamente fue un relato pedagógico del Señor, en cualquier situación de nuestra vida en la que deseemos poner nuestro hombro para ayudar y sostener a un prójimo, cada samaritano tiene su nombre. Lo curioso es que todos deseamos que lo sepan, que se publique y reconozca lo que se hace. No obstante, me parece que es más encomiable la actitud de aquel samaritano del cual nunca conoceremos ni su nombre ni su alias.

            Al socorrer a otros, sería bueno que nos preguntáramos primero, ¿cómo se llamaba el buen samaritano? Creo que esta pregunta purificará un poco nuestras motivaciones y nos acercará al ideal que Cristo enseñó. Impedirá que hagamos las cosas con la soterrada intención de que se nos reconozca nuestra bondad o se publique nuestros nombres en los principales periódicos o en los boletines de nuestras iglesias.

            El otro aspecto es la calidad del samaritano. Su calificativo se asocia con su acción: Él fue el buen samaritano; pero creo que debemos asociarlo más bien con su calidad de vida. Lucas en su evangelio dice que era misericordioso. Y la misericordia se define como “la compasión que obliga a ayudar al débil, al enfermo o al pobre” (Tenney). Es uno de los atributos de Dios y una de las virtudes del hombre.

            De esto deduzco que el mensaje del Señor Jesucristo va mucho más allá de la buena acción, toca más bien a lo que la origina: La calidad de vida del samaritano, sus virtudes. Los valores que han sido cultivados quizás por años, y que no se contaminan con los egoísmos y las intenciones de los hombres. Tampoco se ven afectados por los cambios culturales, enfoques de la vida y la generalización del culto al individualismo.

            El buen samaritano fue virtuoso en su obrar, sensible en su andar, desinteresado, desprendido, sin deseos de reconocimiento  y constante hasta el final.

            Si estás en este momento tratando de ayudar a alguien, pregúntate por favor, ¿cómo se llamaba el samaritano? y deja que esta pregunta evalúe tu vida, tus intenciones y tus virtudes.

           

 Lic. Eduardo Padrón