Martes, 06 de Enero, 2009









Enseñanzas

LUTERO Y COPÉRNICO

01.11.2007

Homo céntrismo o Teocentrismo

Fue de repente, ni siquiera fue un pensamiento que ha pasado por un procedo de reflexión y depuración; convengo que tal vez fui sorprendido como cuando las defensas están bajas y de repente somos abordados por algo que nos conmueve y nos posee. Estaba leyendo un poco sobre la Reforma y específicamente en aquella comparación entre la revolución copernicana y la de Lutero como una lectura obligatoria para una Maestría, y me di cuenta, fue sólo por un momento; que aquel proceso reformista casi centrado en Lutero (desde la perspectiva popular) y comparado por sus transformaciones a la postura de Copérnico, tiene sus parecidos con lo que está sucediendo en la iglesia en esta década. ¿En qué consiste esta comparación?

            Copérnico, quien vivió entre 1473 y 1543, fue un astrónomo polaco conocido por su teoría de que el sol estaba en el centro, alrededor del cual estaba la tierra que giraba sobre su eje y además, completaba la vuelta alrededor del sol en 24 horas. A ese sistema se le llamó heliocéntrico en contraste con el geocéntrico que suponía que la tierra era el centro de todo. Una teoría como esta era sin duda alguna revolucionaria, por eso llegó a considerársele como la revolución copernicana.

            Lutero por su parte, nace el 10 de noviembre de 1483 y muere el 18 de febrero de 1546. En el año 1517 publica sus 95 tesis con las que hace frente al sistema de indulgencias papales. En esos días, específicamente, la religión estaba centrada en el hombre, era antropocéntrica; en ese sentido el hombre obraba en su salvación al decidir en ella, aunque vale decir que incluso la jerarquía papal también era la evidencia de la llamada “síntesis medieval”, teniendo al Papa y la misa como pilares de dicha fe romana y constituyéndose además, en manifestaciones de cómo era el hombre el centro alrededor del cual todo giraba: Sin misa no había redención y sin indulgencias y confesión no había perdón. Reinaba el libre albedrío como una postura teológica imposible de obviar dentro de la Iglesia romana, llegando a constituirse la punta de lanza en los ataques contra la Reforma Protestante.

            Pero llegado Lutero con sus postulados de “sola fe” y “sola gracia”, “sola Scriptura”, “soli Deo gloria” la revolución movería los dientes de toda su maquinaria teológica de su actual centro, el hombre, hacia otro eje: Dios. Ya la religión se convertiría en una relación en la que Dios era el centro, dicho en otras palabras, ya no sería antropocéntrica sino theocéntrica. Es en ese sentido en que la revolución Luterana se compara con la copernicana, pues ambas, no es que cambiaron el centro de todas las cosas, sino que percibieron la verdad de lo que o quien era realmente el centro alrededor del cual todo gira.

            Las conclusiones teológicas de esta nueva postura serían contundentes: el hombre no tiene ningún poder para salvarse, no puede obrar en su salvación; las obras que tanto importan en el modelo redentor romano, queda fuera del modelo salvífico, así como también su misma capacidad de elegir. Todo queda ahora en las manos de Dios. Dios determina todo de acuerdo a su voluntad. Esto era una verdadera revolución.

            Pero, ¿en qué se parece todo esto a lo que contemplamos hoy? No es exactamente igual que ayer, por supuesto, sin embargo creo que el desconocimiento histórico nos ha hecho perder paulatinamente nuestra herencia reformada. Hoy presenciamos un nuevo cambio en teología, ya no es theocéntrica, ni siquiera Cristocéntrica o Bibliocéntrica como algunos señalan orgullosamente; vuelve a ser antropocéntrica. Ahora es el hombre quien determina las cosas. Determina por ejemplo, las bendiciones. Cuando nos dicen (haciendo gala de una incorrecta exégesis) que “siembre en el ministerio tal para que Dios le prospere”, ya nos es “dé de lo que Dios le haya dado”, ya no se trata de que Él pone “su querer y su hacer en nosotros por su buena voluntad”; ahora tratamos mercantilmente que Dios me devuelva una suma o un milagro como un reembolso con interés al depósito que le hemos hecho.

            Contemplamos hoy en día como las reinterpretaciones de la Biblia son más mercantiles, homocéntricas y egoístas. No son espiritualmente maduras ni theocéntricas. El creyente ya no debe cargar una cruz, debe cargar una corona aunque la Biblia insista que la corona no será para esta vida. El creyente ahora determina con su sistema de “yo lo declaro” lo que Dios debe hacer. Yo pregunto, ¿no es esto antropocéntrico? Esto se parece más a una revuelta teológica que a una revolución teológica. Es la teología al servicio del hombre, del líder, del “apóstol” del “profeta” del que se lucra porque esa es la “voluntad de Dios”, “porque la pobreza es pecado”, según ellos. Si esto es así, entonces muchos héroes en la Escritura tuvieron que ser unos tremendos pecadores, incluyendo a Jesús y a su familia terrenal quienes tuvieron que ofrecer un par de tórtolas o dos palominos (Lv. 12:8) el día de la purificación después del parto por causa de su pobreza.

            Yo pregunto, ¿no es antropocéntrico tanta fama y status en muchos líderes de hoy? ¿Es que ya olvidamos aquello de “a Dios toda la gloria” (soli Deo gloria) como una parte de nuestra herencia de la Reforma? ¿De quién es el crédito con tanto crecimiento numérico? ¿A quiénes están publicitando con el “mercadeo santo” tan escandaloso en esta época? No dudo de la sinceridad de muchos, no obstante, no podemos ni debemos ignorar este paulatino pero ya evidente retorno al antropocentrismo. La Reforma nos dejó un tremendo legado: Una vuelta al theocentrismo. Dios es el centro, Él es quien determina todas las cosas y quien en su sabiduría “insondable” deja que el hombre influya con sus oraciones, con su clamor sincero, con su petición de fe; sin manipulaciones, sin sofismas con los que se pretende torcerle el brazo a Dios (como si eso fuera posible) para que nos de un milagro por cuatro reales, cerrando de esa forma la puerta de la misericordia y de su gracia, para entrar en una nueva relación, la del “dame porque yo te he dado”; como si lo que tenemos, lo tenemos por nuestras fuerzas y suficiencias. Esto es un antropocentrismo.

            Considero que en esto nos estamos pareciendo a la revolución copernicana y a la luterana, pero a la inversa. De alguna forma nos las estamos arreglando para que nuestra teología práctica ya no sea theocéntrica, que ya no tenga como centro a Dios. Vamos por un mal camino que debemos corregir ahora mismo.

 

Con mis respetos.

 

Lic. Eduardo Padrón